ERUDITOS DEL SIGLO XXI

 Consejos mundanos para los sabios del siglo XXI o desconfíe usted de todos aquellos eruditos que se vanaglorian de auditorios anémicos y demonizan las redes sociales.


“No hay que temer ser excéntricos en las opiniones, 
pues todas las opiniones que ahora son aceptadas 
en algún momento fueron excéntricas”

Bertrand Russell (1872-1970)


Dentro de las personas ilustradas de verdad, de aquellos con un vasto conocimiento que destacan sobremanera en campos específicos, como el realismo mágico o el comportamiento de las partículas subatómicas, hay un subgrupo, quizás más grande de lo que nos imaginamos, que ejerce su erudición como si de una profesión corporativa fuera. De esta manera, como un gremio, se reclaman por oposición a otras profesiones rechazando todo lo que no venga escrito en las Tablas de la Ley, de las que ellos son portadores y defensores a ultranza.

Fácilmente identificables, estos Moisés del saber se encaraman a selectos púlpitos rodeados de otros sabios del gremio entre los que se afanan por adularse mutuamente en conocimiento y erudición. No en vano, se vanaglorian de que en el sacrosanto local no se haya colado ningún extraño o despistado. Afortunadamente, ambos especímenes, el extraño y el despistado, caerán rápidamente en la cuenta de que a los tipos como ellos solo les espera una sarta de despectivos pretéritos, presentes y futuros animándolos a abandonar a la mayor brevedad la eucaristía. Mientras, a los gremiales eruditos, el número de asistentes les da el marchamo final; cuanto más escuálido sea más laureles en la escala Ultima Sapientia

Sabio impartiendo una clase magistral ante un muy reducido público mientras la vida y el conocimiento suceden en la calle

Desde estas humildes líneas no quiero, ni puedo, dudar de su conocimiento, pero sí que me gustaría destacar el flaco favor que los acólitos eruditos del último sermón de la Diosa Sabiduría están haciendo a la difusión del conocimiento. Habría que recordar a esos doctores que lo que hoy se entiende por la fuente del saber divino, en su día brotó de artistas, comediantes, cómicos, pintores, literatos, arquitectos, fotógrafos, compositores, intérpretes, escultores, coreógrafos, bailarines, guionistas, matemáticos, médicos, físicos, astrónomos… denigrados por los sabios de su época.

Lope de Vega llenaba corralas con comedias que eran denostadas por parte de los eruditos de la época. El mismo modus operandi se ha repetido siglo tras siglo, año tras año con los Galileo, los Igor Stravinski, los Vincent Van Gogh, los Picasso, los Caravaggio, los Flaubert, los Joyce, los Elvis, los Beatles, los Tarantinos, los Calatrava, los Klaus Kinsky… Parte de los sabios de su tiempo vilipendiaban a estas raras avis pese a pasar horas firmando libros, llenar teatros o vender discos sin complejos.

Por fortuna, el gran público siempre termina por estampar su sello en lo excepcional. Ya sea por el carisma y perseverancia del autor, por sus fieles defensores, por la calidad irrebatible de la obra o por una combinación de ambas, el público ha validado estos trabajos generación tras generación, transformándolos en el alimento intelectual de los nuevos sabios. Y es que, sin un interés del público por escuchar en cada plaza de cada pueblo el Cantar del Mio Cid los sabios no lo habrían incorporado a su biblioteca del conocimiento y, muy seguramente, no habría llegado a nuestros días. 

Desde que el Homo Sapiens apareció en la Tierra, nuestro espécimen de sabio, el erudito dotado del gen del tradicionalismo ha lanzado desde el púlpito voraces críticas a esas nuevas formas de entender la literatura, la música, la arquitectura, la pintura e incluso la ciencia y la tecnología. Quizás es una suerte de ritual para favorecer la cohesión del grupo, aunque más bien recuerda a una defensa numantina de su modo de vida. Afortunadamente el público, el máximo soberano, se manifestaba llenando plazas, cines, teatros, distribuyendo libros de forma clandestina o apostando por una incipiente tecnología contra viento y marea.

Los sabios de nuestros días beben de todas estas fuentes y son capaces de transmitirnos la importancia de los dramaturgos griegos, los poetas romanos o los comediantes del siglo de Oro, pese a que sus predecesores en el monopolio del saber despreciaban toda forma nueva de entender la narrativa, la música o el sistema solar. Aún con más inquina se ensañaban contra todo aquello que provenía del género femenino, de un color de piel distinto u otra minoría. Y lo mismo sucede con la ciencia y la tecnología, donde los avances, nuevas teorías o innovaciones acaban con facilidad siendo vilipendiados públicamente, por suponer una amenaza al status quo predominante. 

Los sufrió Galileo Galilei demostrando empíricamente el heliocentrismo, aunque salvó su vida abjurando en 1633 de sus ideas en post del geocentrismo imperante. No tuvo tanta suerte su predecesor, Giordano Bruno, que en 1584 afirmaba que el espacio es infinito y que en él hay infinidad de mundos del mismo tipo que la Tierra. Para horror de los eruditos de la época, además aseveraba que en alguno de los planetas que orbitan alrededor de otras estrellas, similares al Sol, estarían habitados por animales y seres inteligentes. Por ello fue acusado de herejía y quemado vivo en el año 1600 en Roma, después de que la Iglesia lo mantuviera siete años en prisión, sin haberlo juzgado, para después hacerlo pasear desnudo por las calles de Roma, atar su lengua a una correa de cuero y azotarlos sujeto a un poste de madera. Después de ese calvario, Giordano no se retractó. Tampoco lo hicieron los sabios que lo martirizaron y lo asesinaron, pues además incluyeron todos sus tratados en el índice de libros prohibidos donde permanecieron hasta 1966. Es verdad que encontrar un planeta extrasolar, que no tiene luz propia, sin un telescopio potente es complicado (el primer exoplaneta o planeta extrasolar se descubrió en 1992, desde entonces y hasta hoy en día se han descubierto más de 5.000 exoplanetas), pero no por ello se justifica la inquina con la que se trató a este astrónomo y filósofo.

Esto no es nuevo y ya el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, en el siglo XIX, identificaba claramente que toda verdad atraviesa tres fases: primero es ridiculizada; segundo, recibe una violenta oposición; y tercero, es aceptada como evidente.

Aceptando que la visión de Schopenhauer responde al comportamiento mayoritario de los usuarios, los sabios, en contraposición, tienen que mantener la llama del conocimiento viva y por lo tanto evitar ridiculizar cualquier nueva expresión artística o tecnología disruptiva por muy alejadas que puedan estar de su conocimiento. 

Los eruditos son necesarios, si, muy necesarios. Entre tanta información acumulada durante siglos y accesible a un clic, es preciso que los sabios de cada época nos sepan transmitir la importancia, trascendencia y claves de cada corriente histórica junto con los matices que cada autor o científico aporta. Pero para ello se necesitan auditorios concurridos en los que las nuevas promesas puedan interpretar y proponer giros, evoluciones y cambios de ciclo. Escuchando al público, el erudito, podrá tener otro indicio más del potencial de la obra por transcender su época. El Sabio del siglo XXI tiene que permanecer en continua alerta a las nuevas propuestas y no denigrarlas de forma sistemática cuando millones de usuarios muestran afección e interés. Su labor no es sencilla ya que no siempre lo minoritario se consagrará y no siempre lo mayoritario alcanzará la suficiente madurez como para mantener la atención del público y sobrevivir a la erosión del paso del tiempo. Y es por ello, por la dificultad que entraña distinguir la aguja en el pajar por la que se les considera referentes en sus dominios de saber.

También hay que tener en cuenta que durante las generaciones pasadas no solía haber un cambio de paradigma dentro de la misma generación. Hasta prácticamente finales del siglo XX, transcurrían varias generaciones hasta que una innovación cultural, artística o científica brotaba y germinaba hasta alumbrar un cambio. A medida que la revolución de las tecnologías de la información se ha acelerado se están acelerando también los cambios de paradigma, las evoluciones culturales y los saltos científicos y tecnológicos. Los sabios actuales, sea cual sea su campo, no van a poder permanecer impasibles a todos estos cambios y tendrán que aprender a anticiparlos o su relevancia como eruditos se circunscribirá a poco más que breves reseñas en libros de texto caducos.

Es igualmente verdad que, muy a menudo, muchos de los planteamientos novedosos son tan avanzados para la sociedad que ni el propio público ni los eruditos más preparados pueden valorarlos con la suficiente perspectiva y pueden caer con facilidad en el olvido condenando también de antemano a los potenciales caminos que podrían habilitar.

Resulta triste y doloroso asistir a charlas o conferencias de eruditos en las que se cuentan con los dedos de las manos el número de asistentes que, por lo general, superan largamente el medio siglo de edad. Pero aún duele más ver entre sus destellos de sabiduría y conocimiento las morcillas con las que atacan a las nuevas propuestas y, en general, a las Redes Sociales. Hay que decir en su descargo que muchos de los eruditos huyen despavoridos de las Redes Sociales ante los ataques que sufren, aunque muchos no lo reconozcan. Públicamente justifican su rechazo por la desinformación y el pobre contenido que se comparte en muchas ocasiones. Por eso los sabios tienen que aprender a convivir con las Redes Sociales pues son el mecanismo de comunicación mayoritario en la actualidad. Con seguridad, su huida de las Redes Sociales les aísla más y conlleva a que los auditorios en los que quieren transmitir su conocimiento rocen el vacío.  Ambos efectos están relacionados y denotan una ausencia de conocimiento sobre las nuevas tendencias y el uso y potencial de las Redes Sociales, que seguramente los sabios del siglo XXI acaben alabando y manejando con total soltura en su día a día. 

Ojalá se pueda revertir esta situación pues, teniendo al alcance de nuestra mano la mayor cantidad de conocimiento recogida hasta el momento, sería muy triste que el filtrado y análisis fino de tendencias y rasgos característicos lo acaben realizando Inteligencias Artificiales, con más o menos acierto, y no hombres y mujeres dotados de un conocimiento más profundo del ser humano, de sus pensamientos y sentimientos y por ello con mayor potencial de llegar a sus coetáneos.

Como usuarios, creadores, científicos, técnicos, artistas… no hay que tener miedo a expresarse rompiendo las fronteras de los paradigmas vigentes, tampoco caigamos en la trampa de despreciar todo aquello que no encaja en nuestra actual forma de escuchar música, ver cine o relacionarnos con la tecnología, al igual que pedimos a los eruditos que no denigren sistemáticamente todo lo que se sale de su conocimiento adquirido.


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