Estimados amigos quiero compartir con vosotros las próximas líneas, no porque quiera creer que con ellas se puede intentar cambiar en algo a nuestra actual sociedad, sino porque necesito que salgan de mi cabeza cuanto antes, y que con sus sigilosas pero punzantes voces no sigan asustando a mis ingenuas neuronas.

Y es que en los últimos días he vivido dos momentos que deberían ser propios de otra época y no del siglo XXI, que si no me equivoco es el que se supone deberíamos de estar viviendo. Empiezo por orden cronológico. Como ya sabéis desde hace una temporada dedico mis esfuerzos a distribuir un largometraje. En la propuesta que planteamos a los exhibidores, existe un punto sobre el que especialmente nos sentimos orgullosos, y es que en cada cine en el que estrenemos, queremos contar con un cortometrajista local, de tal manera que su corto precederá al largo. Creemos que, además de la gran noticia que supone devolver el corto a la gran pantalla, es una oportunidad para que una producción de muy bajo presupuesto, como esta, pueda movilizar al público. Pues bien en una las llamadas que he realizado y en la que solo mencioné la palabra Valladolid una sola vez y fue con motivo de ilustrar a mi interlocutor la taquilla que allí se había generado, el exhibidor, permitidme que por motivos obvios no identifique al genio, me espeta que en su región tienen una legión de cineastas en la primera línea del cine español, listado que como si fueran los reyes godos me declama, y que por lo tanto no necesitaban a nadie de Valladolid para motivar a los espectadores. Si que os puedo comentar que entre los títulos que se encuentran actualmente en su cartelera abundan los grandes títulos y curiosamente ninguno dirigido por la lista de los cineastas godos. La conversación se terminó en ese momento con un “ya hablaremos”.

El segundo momento ha sido esta mañana, volvía de trabajar y acudí al supermercado de mi barrio a comprar una barra de pan y unos cuantos víveres más con el objetivo de repoblar mi anoréxico frigo. Delante de mí, en la caja, se encontraban, por un lado, una abuela, su hija y su nieto, y por otro una joven madre con su recién nacida. Yo no daba crédito a lo que estaba sucediendo, la cajera no paraba de dar gritos y de realizar una serie de gestos muy poco propios de una persona que está de cara al público. Cuando llegó mi turno, esperaba la misma reacción, pero no fue así, a mi me trato con corrección, no puedo decir que con suavidad pero si en un tono nada agresivo y en nunca con desprecio. Sorprendido me dije que tenía que ser por mi semblante risueño, pero instantes después me di cuenta de que los dos anteriores clientes tenían algo en común y es que eran sudamericanos o centroamericanos, … perdonad mi incultura a la hora de localizar los acentos.

En ambos casos, por la educación sumisa a la que estamos acostumbrados a regirnos no supe cómo reaccionar, no encontraba palabras alejadas de los improperios para comunicar mi malestar.

Y es que, ¿qué extraña diferencia tiene un largometraje realizado en Valladolid con un realizado en Los Ángeles, como para que sea percibido como una infección en su propio país?, en serio, me he sentido señalado y repelido por el simple hecho del que la película a la que en estos momentos represento fue rodada en Valladolid.

¿Qué extrañas feromonas emiten los sudamericanos como para que la cajera de un supermercado de barrio se altere?, ¿ es tan difícil imaginarse la tensión permanente que se tiene cuando uno se encuentra fuera de su entorno habitual, sabiendo que puede ser atacado psicológicamente en cualquier momento?, ¿no es suficiente ese tormento?

No quiero dar lecciones a nadie, pero ¿ya se nos ha olvidado el esfuerzo que representa abandonar tu pueblo, tu ciudad, tu país con el objetivo de tratar de encontrar un futuro?, ¿en qué momento los valores humanos de una película han pasado de ser internacionales a pertenecer a la región donde se rodó y por lo tanto se contraponen a los de otra región?

Imagino que puedan parecer temas inconexos, pero en este momento no lo son para mí. Y es que tengo la sensación de que desde hace ya unos meses, o años, nos preocupamos más por la prima de riesgo, por los datos macroeconómicos y por el cierre del IBEX-35 que por el respeto hacia el ser humano y por el desarrollo de la persona, haya nacido donde haya nacido, viva donde viva, y muera donde muera.

Y siento amigos ser pesimista esta vez, pero creo que con “individuos” como estos, defensores de nacionalismos, regionalismos, localismos y todo tipo de ismos, no es difícil imaginarse que las “hazañas” de la Alemania nazi o de la España franquista, puedan volver a repetirse.

Espero que nunca llegue ese día, y eso sí, la próxima vez que me encuentre en una situación como estas, espero poder encontrar las palabras para al menos no dejar impune la agresión psicológica.

Gracias amigos por escucharme y perdonad si algunas de las precedentes líneas no tienen la coherencia suficiente. Como en algún momento dijo J.P. Sastre “Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.”

Sábado 6 de agosto de 2011.

 

Post original publicado en el Ateneo Naider el 8 de julio de 2011.